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sábado, 18 de noviembre de 2017

El lunes, Palinuro en el Parlamento Europeo

Y, en Bruselas, estado mayor y epicentro de la revolución catalana.

Invitado a una sesión en un acto organizado por el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica y el Grupo de Los Verdes/Alianza Libre Europea. El tema es "El franquismo después de Franco" y a servidor le corresponde desarrollar la ponencia sobre El franquismo del Estado español, hoy. Modestamente. 

Que el Estado español es franquista lo ha probado él mismo suficientemente en los últimos tiempos. Había sido, hasta hace poco, un franquismo disfrazado de  Estado democrático de derecho. Tanto que había conseguido convencer a gran parte de la opinión pública europea. Pero, al primer cuestionamiento serio de su legitimidad a través del independentismo catalán, el disfraz ha caído y ha revelado un Estado corrupto y autoritario. Hace años (desde 2011) que se gobierna por decreto y en la actualidad con una medida dictatorial de plenos poderes a través del artículo 155 equivalente a una dictadura de hecho y un estado permanente de excepción. Igual que en tiempos de Franco. La única diferencia es que este los declaraba a bombo y platillo y estos lo hacen sin declararlo.

Mi intervención está prevista para las 15:00 del lunes, 20 de noviembre, fecha muy señalada, por cierto.

Según mis noticias, habrá streaming.

viernes, 4 de agosto de 2017

Franco vive

A quienes escribimos sobre asuntos políticos y nos referimos a la importancia del franquismo en la España actual suele recordársenos desde el bloque conservador que “Franco murió hace 42 años” y que somos unos “carracas”, que estamos “gagás”, con las “batallas del abuelo”. Cuando no buitres que tratan de reabrir viejas heridas. Por cierto esta lamentable chochez no afecta solo a los nietos de los asesinados en las cunetas, todos de izquierdas, sino a sectores muy lozanos y muy de derechas. Acaba de sustanciarse una querella en la que ha sido condenado Hermann Tertsch por injuriar al abuelo de Pablo Iglesias. De abuelos van aquí muchas cosas. Pregunten, si no, por el abuelo de Aznar.

Y es que el franquismo de la sociedad española viene amparado, acompañado, protegido por una permanente presencia del dictador hoy día en una serie de manifestaciones, los callejeros, los toponímicos, los monumentos de todo tipo, empezando por el Valle de los Caidos, los honores, medallas y títulos, las misas de recuerdo de diversas hermandades franquistas, la existencia de la Fundación Nacional Francisco Franco, subvencionada por el Estado, el mismo que paga por el mantenimiento de la basílica del Valle de los Caídos en donde está enterrado el dictador para la eternidad y la gloria. Y a donde iba a rezar e inspirarse el anterior ministro del Interior, al que llamaban "ministro de lo Anterior".

Al poco de la muerte de Franco, un escritor muy popular entonces, Vizcaíno Casas, cuyos libros se vendían por cientos de miles, escribió uno titulado Y al tercer año resucitó. Resonancias católicas. Las resurrecciones son tercianas. En realidad no resucitó porque no murió. Continuó presente entre los vivos y los muertos (muchos) como se prueba entre otras cosas por ese libro. Y así hasta el día de hoy.

Hace unas fechas se han trasladado dos cuerpos de dos golpistas, los generales Sanjurjo y Queipo de Llano a dos sepulturas con honores militares y eclesiásticos. Esto sucede en tiempos de un gobierno que encuentra dinero para repatriar los cuerpos de los caídos en la infausta División Azul pero no para desenterrar a los asesinados por la dictadura en la más dantesca noche de terror prolongado que han visto los tiempos. Es decir, un gobierno que sigue siendo parcial en la fractura de la guerra civil a favor de los fascistas. Como hubiera hecho Franco. Ni más ni menos.

Así que Franco estará vivo mientras sus muertos sigan en la cunetas.

Lo demás, excrecencias de una solución cobarde al problema que afectó a todos de enfrentarse a las consecuencias de una dictadura criminal de 40 años.

¿Más pruebas de que Franco está vivo y habita entre nosotros? La Xunta de Galicia ha otorgado a la Fundación Nacional Francisco Franco la gestión del Pazo de Meirás, el famoso pazo de la Pardo Bazán que el pueblo de Galicia “compró por suscripción popular” mediante colectas a punta de pistola para regalárselo ¡en 1938! al invicto caudillo, Franco, ese que sigue presente. Por eso su familia heredera pretende reservarse el Pazo prácticamente en régimen de reclusión.

Y tan presente; el gobierno gallego del PP ha hecho caso omiso de la anunciada intención de la FNFF de dedicarse a ensalzar y enaltecer la figura y obra del dictador. Esa finalidad no parecerá extraña en un gobierno y un partido en el que con harta frecuencia se levanta el brazo, se muestran símbolos franquistas o se habla de las cunetas en términos inadmisibles. Un gobierno y un partido fundado por un ministro del dictador y que aún no ha condenado expresamente su dictadura. Y en donde unos falangistas despiden brazo en alto y cantando el Cara al Sol a uno de los suyos, suegro de Ruiz-Gallardón y último ministro vivo de Franco, el ausente/presente. Un Cara al Sol que a algún preclaro publicista le parece un canto de alegría y esperanza. Vamos, no solo presente, sino futuro. Hiela la sangre.

El gobierno es franquista; vergonzante, pero franquista. No constan al presidente Rajoy los cien mil asesinados en fosas comunes en las cunetas y, por lo tanto, ni un euro a la Ley de la memoria Histórica. Los militares, los mandos, son franquistas y muy buena parte de los funcionarios, incluidos los armados, gran copia de jueces y fiscales y, desde luego, el clero que tampoco ha pedido perdón por la barbarie que ayudó a crear y respaldó luego durante 40 años, se añaden los empresarios y financieros y sus portavoces, los medios de comunicación.

Claro que Franco vive. Y hasta Carrero Blanco.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Fráncula

El unamuniano sentimiento trágico de la vida caracteriza a los españoles. Aquí va todo por la tremenda, todo cuestión de vida o muerte o más muerte. El humor está mal visto. Siempre hay alguien que se ofende. Las burlas, las chanzas, se pasan por el tamiz del honor, la Patria, los muertos, los dioses, la familia, y suelen acabar perseguidas por delito. Y, sin embargo, solo el humor (que, en España, como era de esperar es negro) permite respirar en ambientes descargados de tensión. Solo la risa relativiza la bambolla institucional, las misas, las conmemoraciones, los homenajes.

Puede que, en efecto, el dictador no haya muerto. Desde luego, su obra sigue viva y muy en su línea, a pesar de desarrollarse en un contexto democrático que siempre dificulta algo el gobierno por ordeno y mando. Pero no solo su obra. Él mismo podría estar muerto al estilo del conde Drácula, es decir, no muerto del todo. El hecho de que esté en una lejana cripta en una basílica bajo una montaña, algo que recuerda un castillo en los Cárpatos, sin que nadie haya tenido el valor de sacarlo de ahí, quizá tenga que ver con el mantenimiento del embrujo. La fecha del 20 de noviembre podía declararse el día (o, mejor, la noche) del vampiro.

Aparentemente, las autoridades municipales de Madrid y Barcelona, están empeñadas en retirar los símbolos, recordatorios, vestigios del franquismo. En Cataluña, también se suma la presidenta del Parlamento. En Madrid, obviamente, no. Vayan provistas de ristras de ajos. El maleficio de Fráncula llega muy lejos. Hace poco lo vimos en el Born de Barcelona.

Franco no está muerto. Y tampoco los que él mató.

sábado, 22 de octubre de 2016

La fuerza de los símbolos

El debate público -ahora que las redes posibilitan su universalización- es muy repetitivo. Las distintas opciones, fuerzas, partidos, grupos, tendencias o hermandades reiteran, remachan sus argumentos. Muchas veces con las mismas palabras, hasta que aparecen las frases hechas, de las que muchos se valen como armas arrojadizas. Por ejemplo, siempre que alguien, generalmente en la izquierda, se refiere a Franco o el franquismo, le llueven improperios de la derecha: "queréis ganar la guerra que perdísteis", "sois unos guerracivilistas", "reabrís viejas heridas", "cuando Franco, yo no había nacido", "Paco murió hace cuarenta años", "vivís en el pasado".

¡Qué manía tienen al pasado precisamente los conservadores! Que algo sea pasado no quiere decir sin más que no importe en el presente. La derecha, casi toda ella católica, organiza su vida en todos sus aspectos, desde el nacimiento a la muerte, según un acontecimiento que, afirman, se produjo hace veinte siglos. "Se están enjuiciando hechos del pasado", dice Rajoy, pretendiendo dar idea de lejanía, como quien hablara de la batalla de Roncesvalles. Sí, los presuntos delitos de la Gürtel son del pasado, un pasado en el que él era presidente o vicepresidente o secretario general del partido gurtélido y varias veces ministro en plena Era Gürtel. Un pasado que es su pasado y es su presente y será su futuro con la pequeña ayuda de sus amigos del PSOE.

Pero es que, además, el pasado, en el caso de Franco no es tal ni de lejos. Y la prueba es, precisamennte, el derribo de su estatua. Ahorrémosnos los debates sobre la intención de los organizadores y la relación entre aquella y los resultados. Franco está presente porque alguien, con los fines que sean, planta su estatua frente al Born. Y lo está muy profundamente porque la reacción ha sido fulminante y definitiva. Me juego el desayuno a que quienes derribaron la estatua, todos habían nacido con Franco muerto. O sea, no cabe ver este hecho como si, por ejemplo, un puñado de orates en Padua derribara la estatua de Gatamelata, la obra de Donatello que los escultores franquistas querian imitar.

Franco está muy presente en el presente. El devoto ministro del Interior, tengo entendido, se desplaza de vez en cuando a la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, a rezar cabe la tumba del Caudillo. Ignoro con qué motivo, si para solicitar su inspiración y guía, para pedirle perdón por el libertinaje del siglo o para rogarle que resucite. Resucitar es ya lo último que le falta porque vivo está y por todas partes. El Estado no ha condenado su execrable régimen, la Fundación de su nombre es legal, el Valle de los Caídos sigue en pie y el resto del país vive en la pedrea del franquismo de los callejeros, los monumentos, las placas, las misas de aniversario, las glorias de la División Azul y las barbaridades franquistas que sueltan los concejales del PP en cuanto se pasan con el pacharán.

Por eso el derribo de la estatua, aunque fuera de su simulacro, incluso de su burla y mofa, tiene un valor simbólico enorme. Es la primera vez desde la muerte de Franco que se ha hecho algo así, algo que en los demás países recién liberados de una tiranía suele hacerse en cosa de minutos. Y que se haya producido en Barcelona añade brillo al símbolo. España ha estado bien surtida de estatuas del dictador y no solo ecuestres. Algunas sufrieron desperfectos. Pero todas estaban en pie cuando, mucho más tarde y lenta y vergonzantemente, fueron retiradas. Como lo fue la de Barcelona. Aunque en la llamada ciudad condal ya se apuntaban maneras, pues fue decapitada en el almacén por mano anónima, en medio de la noche y la niebla. Ahora se ha terminado la faena y, al parecer, la iniciativa ha sido de los LGTBs. Más simbólico, si cabe.

Todo lo cual ha dejado al Ayuntamiento en una curiosa posición de ambivalencia. Como consistorio, no puede ignorar el acto de vandalismo y está obligado a proceder aplicando las normas, máxime cuando el bien dañado es precisamnte su propia obra, una exposición para suscitar debate sobre la memoria histórica. Pero como corporación de izquierda tendrá que reconocer que la acción de derribo de lo que los madrileños llamaban, refiriéndose a la de los Nuevos Ministerios, "el burro montado en el caballo", responde a un sentir ciudadano muy extendido. Desde el principio la opinión barcelonina se puso en contra del proyecto. Todas las voces fueron de protesta. No las hubo a favor salvo las del propio consistorio.

Al final, hubo una perversa coincidencia entre lo que la exposición pretendía denunciar, el autoritarismo, y el modo autoritario con el que se ha impuesto contra un sentir contrario muy generalizado en la ciudadanía.

Derribado el héroe invicto, las miradas se dirigen todas al monumento tortosino, el que conmemora la batalla del Ebro, que perdió Cataluña y perdió la República.

viernes, 21 de octubre de 2016

Franco se cae del caballo

Recuerdos relámpago de noches en los países comunistas, con derribo de estatuas de Lenin, Stalin... Vaya clima se está gestando en la tercera Restauración que ha resultado ser el postfranquismo o franquismo sin Franco.

Desde el principio del proyecto del Born se intuía que la autoridad municipal estaba errando a modo. Quizá por ingenuidad, con su punto de pedantería. Su intención podía ser buena, pero ha resultado la bondad del Alma buena de Sechuán. Estamos en una democracia moderna, debieron decirse, en una sociedad tolerante, culta, capaz de contextualizar o descontextualizar (que no estoy muy seguro de lo que los mozos proponen) los datos, los personajes y de relativizar las consecuencias del pasado.

Pero he aquí que la gente -esa de la que tanto hablan en Podemos- no está para refinamientos ni deconstrucciones derridanas. No quiere ver la estatua de Franco en las calles, con cabeza, sin cabeza o con tres cabezas, como la Gorgona. ¿Por qué? Sencillamente, porque está en todas partes, en los callejeros, en los nombres de los pueblos, los títulos honoríficos, la fundación de su nombre, el Valle de los Caídos, las misas por su eterna salvación y, si fuera posible, pronta resurrección, los cargos públicos del PP haciendo saludos fascistas, literalmente en todas partes. El dictador que murió en la cama después de cuarenta años de régimen inenarrable que muchos, demasiados, dieron por bueno porque los seres humanos se adaptan a todo, incluso a la esclavitud.

Franco se cae del caballo el mismo día en que el Tribunal Constitucional, algunos de cuyos miembros son aficionados a la Fiesta Nacional, prohíbe prohibir las corridas de toros en Cataluña. Cómo se nota que son todos de la generación del 68. Incidentalmente, un país que llama "Fiesta nacional" a las corridas de toros no está bien de su colectiva cabeza.

Palinuro volverá mañana sobre el derribo del Born porque tiene mucha más miga de lo que parece.

jueves, 4 de agosto de 2016

Born to be Franco

La memoria histórica de la guerra civil y la dictadura de Franco sigue siendo materia muy sensible, comprometida, de muy difícil gestión. No debiera ser así si hubiera un acuerdo de fondo en el juicio sobre aquellos hechos. Pero no lo hay. Muy amplios sectores de la población, el partido del gobierno, las derechas en su conjunto, la Iglesia católica, el ejército, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación la han interpretado durante casi ochenta años con una absoluta parcialidad, por entero favorable a los vencedores en aquel enfrentamiento e ignorancia de los vencidos. Las víctimas, sobre todo las victimas de los largos años de la dictadura, no han recibido compensación alguna, ni justicia, ni reconocimiento siquiera de su existencia. La historia la han escrito los victimarios y sus herederos hasta el día de hoy. Para ellos esa memoria es pasado y debe olvidarse cuanto antes. Pero para las víctimas y sus allegados, que se cuentan por cientos de miles, es un doloroso presente. No solo porque sus muertos siguen enterrados en fosas comunes y miles de sus hijos desaparecidos, sino porque al día de hoy, todavía viven en calles y plazas que perpetúan los nombre de los asesinos, residen en pueblos que llevan el nombre del dictador, pasan por delante de sus emblemas y recordatorios, oyen hablar de la Fundación Francisco Franco, saben de actos conmemorativos y de exaltación del golpe de Estado de unos militares sediciosos y de su sangrienta tiranía cuartelaria.

No, para sectores importantes del pueblo, la memoria histórica no es pasado, sino presente continuo. Pasado es para los franquistas, muy interesados en que no se hable de él, que no se recuerde, que se olvide y se sepulte como se sepultó en las cunetas a los cientos de miles de los republicanos asesinados durante la larga posguerra. Esa descompensación temporal entre el pasado y el presente explica por qué es inapropiado un argumento que suele escucharse para señalar la anomalía española: ¿alguien se imagina -dícese- actos de exaltación de los nazis, de Hitler, de los fascistas italianos en sus países? No, claro. ¿Por qué no? Por la razón apuntada. Esos homenajes al franquismo, esas misas solemnes por el alma del dictador, esos actos de autoridades locales de ensalzamiento de la dictadura brazo en alto honran un pasado de partido, guerrero, pero lo hacen en el presente. Son actos de provocación, para demostrar a los vencidos y a las víctimas que siguen siendo víctimas y vencidos. Todos los días salta un ejemplo. Hace unas fechas, un alcalde del PP mandaba construir un urinario de perros sobre la mayor zona de fosas comunes de asesinados por los franquistas en Málaga.

En días pasados el equipo municipal de Barcelona ha decidido abrir una exposición callejera de la memoria histórica enfrente del no menos histórico Born barcelonés. Se inaugurará en septiembre y una de sus piezas consistirá en una estatua ecuestre de Franco, que está medio oculta en los almacenes municipales desde que fuera retirada del castillo de Montjuich, en cuyos fosos se ha fusilado a mucha gente, señaladamente Lluís Companys. De inmediato se han formulado críticas (Alfred Bosch y Joan Tardà, de ERC, han pedido que se reconsidere el propósito), se han alzado voces airadas poniendo en duda la integridad de las convicciones izquierdistas de los regidores municipales y hasta tachado a estos de franquistas. Las acusaciones e insultos han arreciado cuando se ha sabido que, además, el consistorio se oponía al desfile de la Coronela de este año. Franco, sí; la Coronela, no.

Son acusaciones desmesuradas a juicio de Palinuro, si bien es cierto que la izquierda suele tener cierto síndrome de Estocolmo con la derecha y, muy afanosa de que no se la juzgue excesivamente radical, acaba haciendo concesiones a los usos simbólicos de sus adversarios. Quizá no sea este el caso por cuanto parece que la exposición quiere señalar la impunidad de los crímenes hasta la fecha. El primer teniente de alcaldesa, Gerardo Pisarello, ha publicado una explicación en Twitter en la que insiste en el valor pedagógico de la exposicion, para ilustrar del mal de la impunidad y la estatua del condottiero, con su caballo decapitado no tiene funcionalidad simbólica alguna sino puramente instrumental pues, razona Pisarello, está "descontextualizada".

Un punto de vista muy digno de tenerse en cuenta, pero nada convincente. La estatua no está "descontextualizada". El país, de Norte a Sur, reverbera de símbolos de la dictadura. En Tortosa, por ejemplo, el alcalde -referéndum mediante- acaba de salvar la vida a un monumento franquista que se alza en mitad del Ebro, en conmemoración de la batalla de ese río. En Melilla todavía está en pie una estatua del Comandante Franco, erigida en 1977, dos años después de su muerte.

La estatua estará "descontextualizada" en los estrechos límites de la exposición, pero no en el conjunto del país, Aquí sigue estando muy en contexto. Y muy mal, por cierto. Cosa tanto más llamativa cuanto la exposición se hace amparada en un programa más amplio que lleva el significatvo título de Pasado y Presente. O sea, como decía Palinuro más arriba, una memoria histórica que no es memoria ni es histórica, sino muy cruel e injusto presente.

Es buena la idea de que todos nos distanciemos del pasado, lo veamos con ecuanimidad, que procedamos como un país normal, capaz de compartir una común visión de nuestra historia. Es buena, pero impacticable porque España no es un país normal, en absoluto compartimos una común visión del pasado y ese enfrentamiento se traslada al presente. Las víctimas no quieren olvidar, sobre todo porque siguen esperando justicia. Y los victimarios no quieren recordar porque no están dispuestos a reconocer la injusticia cometida.

En esta situación de perpetuación del abuso no es una buena idea exponer esa estatua ecuestre, sobre todo porque, con el jaleo que se ha armado (y viene bien como publicidad) el recordatorio se convertirá en un foco de conflictos.

martes, 19 de julio de 2016

El franquismo sigue vivo y gobierna

Ayer tuve el privilegio de intervenir en una tertulia de Catalunya Ràdio titulada Les ferides obertes del franquisme juntamente con Monserrat Ginès, presidenta de l'Associació de Víctimes de la Repressió Franquista en Tarragona y Andreu Mayayo, catedrático de Historia Contemporánea de la UB. El tema, como corresponde al aniversario de un 18 de julio, era el franquismo en España. El programa entero se encuentra en el enlace más arriba o aquí.

Tiene poco sentido que me repita. Dije cuanto quería decir en total libertad. Agradezco infinito a Catalunya Ràdio la oportunidad que me dio de expresarme. Una vez más, los medios catalanes emiten un discurso del que los medios españoles no quieren ni oír hablar. Ninguno me llama jamás a hablar de este o de cualquier otro tema. Y lo entiendo: tienen gente mucho más preparada y capaz de decir cosas más originales e interesantes que el pobre Palinuro. No hay más que oírlos y verlos.

Dos veces tuve reparos que oponer a las opiniones de mi colega Mayayo, por lo demás hombre ponderado y sabio. Una lo hice en antena y la otra la dejé pasar por ese prurito que tiene uno de no discrepar demasiado de una sola vez. Pero ahora, con la calma del distanciamiento puedo hacerlo porque, entre otras cosas, ambos puntos son muy significativos.

El primero fue cuando Mayayo insistió en lo que, a mi parecer, era reducir el franquismo a la guerra civil. Esa precisión sí la hice y no merece la pena extenderse. El franquismo fue mucho más que la guerra civil: fue una dictadura cruel, genocida, basada en el terror, la represión, el asesinato indiscriminado de una población inerme durante 40 años Fue un régimen de delincuentes que convirtieron todo concepto de ordenamiento legal, derecho, seguridad jurídica de las personas en una burla y que se basó en el miedo que inculcó en la población y que todavía dura. El intento de reducir el franquismo a la guerra civil es el proemio a la afirmación de que ambos bandos cometieron barbaridades en dicha guerra. Al margen de que eso tampoco es cierto pues las barbaridades de los fascistas fueron cuantitativa y cualitativamente muy superiores a las de los republicanos, está la cuestión de que la esencia del franquismo se manifestó no en la guerra, sino en la postguerra, en los 40 años de "Victoria" y terror que sus seguidores, hoy gobernantes, continúan celebrando no como un golpe de Estado de uno militares felones y perjuros, sino como el glorioso alzamiento nacional.

El segundo, que no precisé entonces, pero lo hago ahora se dio cuando afirmé que la diferencia entre la derecha demócrata europea y la no-demócrata española (o sea, el PP) es que la europea se enfrentó al fascismo con las armas en la mano mientras que la española es la heredera directa de ese fascismo triunfante. Esa diferencia me parece esencial. Sin embargo, Mayayo vino a decir más o menos que en todas partes cuecen habas y que también en Alemania y otros países fascistas, personajes de esta calaña habían conservado su puestos en empleos importantes. Es una relativización absolutamente inexacta. En Alemania hubo un proceso de desnazificación: los principales dirigentes nazis fueron ajusticiadoss, otros pagaron con años de prisión (Hess, por ejemplo) y muchos, muchísimos otros, miles, pasaron por los campos de desnazificación. ¿Que hubo casos en que dirigentes nazis consiguieron sobrevivir y hasta prosperar? Sin duda. Pero es que en España sucedió al revés: además de los asesinatos y prisiones, todas las profesiones civiles y militares fueron "depuradas" durante el franquismo. Decenas de miles de maestros, profesores, médicos, abogados, jueces, cuando no fueron asesinados o encarcelados o se les robaron sus propiedades, sufrieron inhabilitación y ostracismo.  Nada de eso pasó en la transición. Nada. Ni un juez de los delincuentes que formaron el Tribunal de Orden Público de Franco, por ejemplo, fue molestado; ni un policía torturador; ni un periodista o cura delatores. Nadie. No hay punto de comparación.

viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Homenajear a un criminal?



Para el 3 de diciembre próximo, la Fundación Francisco Franco, una entidad subvencionada por el Estado y dedicada a ensalzar la memoria de un golpista y dictador, ha convocado una cena en homenaje a su caudillo en el hotel Meliá Castilla. Change.org ha puesto en marcha una campaña de recogida de firmas para pedir a los responsables del hotel que cancelen ese acto repugnante que insulta a todos los demócratas y la memoria de las víctimas de la vesania fascista. Para firmar se puede pinchar sobre la imagen o aquí.

domingo, 2 de agosto de 2015

El mítico Franco.

Julián Casanova (Comp.) (2015) 40 años con Franco. Barcelona: Crítica. 403 págs.
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Hace aproximadamente un mes, Palinuro dio cuenta de una exposición sobre el franquismo que, comisariada por Julián Casanova, podía visitarse en Zaragoza. En la exposición cabía adquirir también el libro ahora en comentario, lo que quizá sea un catálogo bien original. Compilado por el comisario, en él colabora un grupo de especialistas en diversos campos del saber para dar una visión cruzada del franquismo. Paso a comentar las aportaciones:

Abre un ensayo de Paul Preston titulado Franco: mitos, mentiras y manipulaciones. Cuando se ha escrito lo que muchos consideran la biografía canónica del personaje, puede resultar difícil condensar tanto saber en unas cuarenta de páginas. Sobre todo si, como da la impresión, están escritas un poco a vuelapluma y con cierto descuido. La intención del trabajo es clara: trazar un cuadro, a modo de resumen, del conjunto de la persona de Franco y su obra. Desde la insistencia en la ignorancia científica (especiamente en economía) y la credulidad del caudillo, hasta el altísimo concepto que tenía de sí mismo como enviado providencial, el ensayo traza los episodios más conocidos de su vida: la autarquía; el sistema educativo como "una especie de lavado de cerebro nacional" (p. 21); el control férreo de la prensa; los ditirambos imperiales de los intelectuales del régimen; la corrupción de este, que fue una de sus garantías de pervivencia; el desembarco de los tecnócratas del Opus en el plan de estabilización; la transición y el "exorbitante precio que España pagó por los 'triunfos' de Franco" (p. 49). Es una visión de conjunto muy crítica, si bien da la impresión de estar matizada por una especie de leve síndrome de Estocolmo. Tantos años conviviendo con el objeto de estudio hacen que Preston atribuya a Franco algunas habilidades y cualidades que no suelen reconocérsele y, en principio, con razón.

Julián Casanova, La dictadura que salió de la guerra. Fue de hecho una dictadura de la "victoria". Lo fue hasta el final, y todavía hoy el arco del triunfo que se yergue en La Moncloa se llama oficialmente "Arco de la victoria". La Iglesia se encargó de fabricar el mito de la cruzada, Franco enviado providencial que salvó a España en una leyenda que se cultiva en el NO-DO (p. 58). Esa exaltación contrastaba con la represión que se vivió en el día a día. Entre fines de 1939 y comienzos de 1940 había 270.719 presos de los que 23.232 eran mujeres (p. 63). Toda la vida del país estuvo marcada por la "causa general", una monstruosidad jurídica que sirvió para alimentar el clima de odio, venganzas y rencor que se había impuesto (p. 66). Un Estado policial fascistizado en el que se había organizado la División azul, con el pleno dominio de la Iglesia. Esta forma parte de la triada que, con el ejército y la Falange, constituyó la base del régimen de Franco (p. 75).

Ángel Viñas, Años de gloria, años de sombra, tiempos de crisis. Viñas, un reconocido especialista, dedica su trabajo a revelar los contenidos de la politica exterior de Franco en sus diversas etapas: la autarquía, el fracaso de las fantasías imperiales (p. 86) y el comienzo de la "estabilidad" para el que algunos apologetas acuñaron el término más suave de "dictadura desarrollista" (p. 88). El "contubernio de Múnich" de 1962 y, por supuesto, las relaciones más importantes y humillantes para España con los Estados Unidos, acostumbrados a tratar a los militares españoles como "cipayos" (p. 97), porque, en realidad, España no podía aportar nada de interés para los estadounidenses fuera de su posición geoestratégica, mientras que estaba muy necesitada del reconocimiento internacional que los yanquies proporcionaban. En Europa, la política exterior española de Franco solo tenía límites (p. 100)  y era la única posible. Las otras políticas de apertura al Este y similares era un puro Ersatz, en expresión que Viñas toma prestada a Fernando Morán (p. 101). En realidad, toda la hagiografía que presenta a Franco como caudillo sapientísimo que supo dirigir siempre la nave del Estado por las procelosas aguas internacionales era la consabida mitología franquista (p. 111).

Borja de Riquer, La crisis de la dictadura. El ensayo se concentra en los años de 1973 a 1974, parte del llamado "tardofranquismo", la época de Carrero Blanco y Arias Navarro. Menciona al comienzo algunos puntos de interés, como los nerviosos debates en Consejo Nacional del Movimiento entre 1971 y 1973, muy ilustrativos de la mentalidad de la clase franquista y poco aprovechados hasta el momento (p. 117). Da importancia a la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes que, bajo la dirección del Cardenal Tarancón, aprobó por gran mayoría (217 votos a favor y 26 en contra) una declaración sobre la independencia entre la Iglesia y el Estado. Otra declaración que pedía perdón por el comportamiento de la Iglesia en la guerra civil no prosperó (p. 119), lo cual debe tomarse en cuenta a la hora de aceptar la tesis de la oposición democrática católica sobrevenida en el tardofranquismo. El resto del capítulo se mantiene en los limites de la interpretación mainstream de la época, con una referencia (hoy de amargo recuerdo para sus protagonistas) de cómo el PCE y el PSOE propugnaban por entonces el derecho de autodeterminación de las naciones "periféricas" (p. 139). Se añade un interesante colofón: a pesar de los esfuerzos de la dictadura por "educar"  a la población, fracasó en el intento. Los sondeos del tardofranquismo muestran una cultura política democrática (p. 147). De Riquer no indaga en qué razones explican esta disonancia cognitiva y no ha lugar aquí a preguntar por ellas. Pero sí parece evidente hoy día que la afirmación final del autor de que la agonía de Franco fue la de su régimen "que ya era considerado anacrónico por una mayoría pasiva, pero esperanzada, de españoles" (p. 148) es aguda, pero quizá puede matizarse a la vista del apoyo que tiene el partido neofranquista PP.

Carlos Gil Andrés, Los actores, es un trabajo poco frecuente en estos libros, pero muy conveniente: una serie de breves semblanzas de algunos protagonistas del franquismo, especialmente el tardío y la transición. Se lee con gusto y se obtienen enseñanzas de las biografías de Arias Navarro, Carrero Blanco, Carrillo, Fraga, López Rodó, Muñoz Grandes, Pla y Deniel (con su pastoral sobre las dos ciudades, no las de Dickens, sino la celestial y la terrenal, con la que daba apoyo a la doctrina de la sublevación fascista como una cruzada), Pilar Primo de Rivera, Dionisio Ridruejo y Serrano Suñer.

Mary Nash, Vencidas, represaliadas y resistentes: las mujeres bajo el orden patriarcal franquista,  aporta la imprescindible perspectiva de género en este asunto. La represión franquista se cebó con las mujeres, las rojas, porque rompían la falsa imagen que pretendía acuñar de la función que les correspondía. El adoctrinamiento (la "fiel esposa", sierva del marido, recluida en el hogar para garantizar la reproducción) corría a cargo de la Sección Femenina de la Falange (p. 196). Por supuesto, la represión de las rojas (tanto las que se suponía lo eran por sí mismas como las que pagaban por el mero hecho de ser parientes de rojos) mostraba la hipocresía de esta ideología franquista y nacionalcatólica. Todavía era más patente la contradicción en el terreno laboral: la doctrina franquista de la mujer en el hogar, concentrada en la maternidad que trataba de sacar a las mujeres del mercado laboral tropezaba con el hecho de que, con pocos hombres disponibles (muertos en la guerra, exiliados o presos), los empresarios contrataban mano de obra femenina que, además, tenía la ventaja de percibir salarios inferiores a los de los hombres y no respetaban siquiera las normas franquistas de fomento del matrimonio y excedencia obligada de las casadas (p. 214).

José-Carlos Mainer, Letras e ideas bajo (y contra) el franquismo es un documentado trabajo sobre la producción literaria y ensayística bajo el franquismo, desde los primeros tiempos de lealtad imperial de Escorial, pasando por la literatura del "tiempo de silencio" hasta las obras ya claramente opositoras a partir de los años sesenta. Pero no hay nada sustancialmente nuevo en relación con el resto de la obra de Mainer en este campo. Es interesante, con todo, la rápida mirada lanzada a la literatura y cultura populares las revistas gráficas (de donde surgiría Triunfo), los tebeos y, cómo no, los seriales radiofónicos, especialmente de Guillermo Sautier Casaseca y Luisa Alberca, que están pidiendo a gritos un estudio semiológico (p. 244).

Agustín Sánchez Vidal, El cine español durante el franquismo tambien un ambicioso proyecto que queda algo desbordado por el alcance del tema. Desde el cine de la inmediata postguerra (y la Raza del caudillo) hasta las últimas películas de los años setenta, se pasa por muy diversas épocas, géneros  e intencionalidades nada fáciles de resumir. Filmes aparentemente realistas, abundante cine histórico ("de cartón piedra), temas intrascendentes (p. 282). Tratamiento especial reserva el autor a un espíritu incipientemente crítico, en concreto la obra de Berlanga (pp. 286 ss.), hasta el nuevo cine de los años sesenta (dentro del cual hay que contar el Franco, ese hombre, de José Luis Sáenz de Heredia, para festejar los "XXV años de paz")  y el destape. Lo que está claro es que la industria cinematográfica vencería los angostos límites de la organización institucional de la censura. Otra cosa sería la calidad de los productos, sobre todo si, como no suele hacerse en la bibliografía sobre cine español, se comparan sus producciones con las extranjeras.

Enrique Moradiellos, Franco y el franquismo en tinta sobre papel: narrativas sobre el régimen y su caudillo, es un trabajo en el que se encara el muy peculiar y a veces bizantino asunto de la naturaleza del régimen. El autor lo aborda tras recordar que el conocimiento científico depende de las tipologías y las clasificaciones y por eso es imprescindible tipificar correctamente el fenómeno en cuestión. No seré yo quien niegue esta resplandeciente verdad, pero sí me permitiré cuestionar su pertinencia para una perspectiva histórica ya que la historia, como ciencia, es el reino indiscutible de lo único, incomparable, irrepetible. Las tipologías y clasificaciones son sin duda imprescindibles para las ciencias sociales, que son "idiográficas", según los neokantianos, pero tienen menos importancia para la más idiográfica de todas, precisamente, la historia. De hecho, el autor no tarda en dar vueltas a la ya bastante vista cuestión de la tipificación del franquismo como totalitarismo o régimen autoritario (Linz) (p. 329), tras pasar en volandas por las caracterizaciones bonapartistas. Es como el asunto del elefante descrito por diez ciegos: cada uno de ellos toma la parte que palpa por el elefante entero. Algo similar cabe decir de un régimen tan longevo, tan proteico, oportunista y pragmático, capaz de contradecirse en 24 horas si lo creía necesario: el franquismo fue bonapartista, totalitario, autoritario, nacionalcatólico, seudoimperial, corporativo, militarista, etc, según el momento y el fondo de la cuestión. Y lo mismo cabe decir del propio Francisco Franco en persona, del que se ocupa una serie de biografías de un lado y del otro y de las que Moradiellos da cumplida cuenta. Sin olvidar que el de la biografía es un género interminable.

Hay al final una especie de epílogo a cargo de Ignacio Martínez de Pisón bajo el título Cuarenta años sin Franco, un texto interesante, en estilo de autobiografía y recuerdo, inteligente y con acierto. Recojo una última exclamación del escrito especialmente significativa, aunque no me parezca cierta: "El fracaso de la socialdemocracia es también (¡ay!) el fracaso de mi generación..." (p. 360). Habría bastante que hablar sobre qué se entienda por "fracaso", de qué "socialdemocracia" se hable y en cuanto a si afecta a su generación, eso ya es asunto de ella misma, si se reconoce como tal.

En resumen, un buen libro y actual sobre el franquismo, con las virtudes y los defectos de las obras compiladas, estén o no escritos los trabajos a propósito para la obra. Lo que se busca es analizar el mito (o los mitos) del caudillo por la gracia de Dios. Ese término de mito quizá sea el que más suena en todas las investigaciones sobre Franco. Aparece aquí, está en el título del capítulo de Preston, lo emplean otros autores de esta obra. Y no es casual: ya estaba en una de las más famosas, la de Herbert Routledge Southworth, El mito de la cruzada de Franco y también en otra más reciente de Alberto Reig Tapia, Franco caudillo: mito y realidad. Todo en el franquismo es mito. No es este lugar para ahondar en el asunto pero habrá que hacerlo algún día, aunque solo sea para librar ese hermoso concepto de mito de cualquier afinidad con esa basura espiritual que fue el franquismo en todos sus aspectos, militar, jurídico, civil, intelectual, religioso, etc. Esa vergüenza colectiva que arrastramos los españoles como un baldón por la historia: la de haber sido (y, en buena medida, seguir siendo) un pueblo al que se negó la libertad y se humilló, haciéndolo pasar por la indignidad de tratarlo como menor de edad. Como lo pretende hoy un gobierno de franquistas.

miércoles, 24 de junio de 2015

La ficción del franquismo.

Quedan unos días para ver la exposición que sobre el franquismo en España han venido albergando la casa de los Morlanes y el palacio de Montemuzo en Zaragoza, comisariada por Julián Casanova, catedrático de historia contemporánea de su universidad. La exposición es bastante pobre de contenido. Tiene algunas piezas de interés, como unos pupitres de escuela primaria del franquismo, algún mapa de la época, un par de uniformes de falangistas, un modelo de garrote vil sacado de algún almacén municipal, muchas fotos, algunas con apoyaturas materiales, como las maletas de los emigrantes a Alemania, varias revistas y no de las más significativas, documentos más o menos relevantes, cedidos por archivos que el historiador visita con frecuencia y un par de vídeos con selecciones mezcladas de trozos del NO-DO y algunas de las películas señeras de la época, como Raza, Surcos, Balarrasa y otras ya del desarrollo, con Marisol o Pepe Luis Vázquez. Como muestra no está mal, pero deja mucho que desear por sus  carencias. Hay aspectos enteros del franquismo que no se ilustran y otros se tratan superficialmente, si bien es cierto que los 40 años de la dictadura están muy bien y rigurosamente tipificados en sus distintas épocas y rasgos: la represión, la escuela, la Iglesia, el turismo, la emigración, etc. Otra cosa es que también estén materialmente representados, asunto más difícil, que requiere otro tipo de profesionalidad, si bien no hay duda de que lo logrado es meritorio. Lo mejor son los largos textos que ilustran la exhibición y están sacados del libro que, editado por Casanova, se vende en la exposición con el mismo título de esta, Cuarenta años con Franco, y del que hablaremos en su momento, empezando ya por reseñar que la preposición "con" en el título no parece muy afortunada. Lo más insatisfactorio son las dos antologías filmadas porque los trozos escogidos, tanto del NO-DO como de films de ficción, no hacen justicia a su objetivo. No obstante, los organizadores han compensado esta carencia programando unos ciclos complementarios de cine con un buen puñado de films muy representativos pero que requieren, claro, más tiempo del que lleva una exposición.

En todo caso es de aplaudir que, a los 40 años de la muerte de un sangriento tirano, que marcó para siempre la historia de este desgraciado país, se ofrezca la posibilidad de contemplar una retrospectiva de lo que fueron aquellos cuatro inenarrables decenios que hoy han revivido frescos como las rosas del haz falangista en estos cuatro años de nacionalcatolicismo pepero, ultrarreaccionario y delictivo. Sobre todo porque da pie a una reflexión sobre el franquismo, una interpretación que vaya más allá de la documentación de sus aspectos más sórdidos, siniestros y genocidas, y que, traída hasta el día de hoy, quizá no sea del todo inútil y sirva para abrir una perspectiva nueva tanto en el juicio sobre la transición como sobre la época actual.

A los 40 años de la muerte del dictador sigue habiendo muchas discrepancias en el juicio global de su régimen y, por lo tanto, de sus consecuencias. La reciente controversia sobre el tratamiento de la figura de Franco en el Diccionario Biográfico Nacional de la Real Academia de la Historia es prueba de ello.  La insistencia de los franquistas y asimilados en que el conocimiento en democracia huye de las "verdades oficiales", confundiendo a propósito la mera verdad con la "verdad oficial", es coherente con su empeño de que no se aliente la memoria colectiva y se olvide este episodio para, suelen decir, "no reabrir heridas". La guerra civil fue un deplorable cuanto inevitable episodio; la dictadura, una desgracia, pero un mal menor que, además, tuvo sus aspectos buenos y hasta salvíficos. Y, sobre todo, dejó un régimen democrático homologable a los de los países del entorno. Mejor no hurgar en el pasado. España se ha normalizado y en eso coinciden casi todos.

En definitiva, el franquismo fue un tiempo particularmente duro, tiránico, inhumano pero que, finalmente, se terminó, dejando paso a una España normal en la cual es posible articular visiones de la dictadura tan críticas, bien fundamentadas y convincentemente expuestas como las de Casanova y otros historiadores como Preston o Ángel Viñas.

La visión dominante, general, es la que ve el franquismo como un interregno de la historia política de este país. La pelea está luego en el carácter de ese interregno: dictadura militar, nacionalcatolicismo, autoritarismo, totalitarismo, movilización fascista. Cuarenta años dan para mucho. Pero, ¿y si no fuera un interregno, sino un cambio sustancial de la evolución histórica de España? Es decir, no como la isla que divide el río en dos brazos durante un tramo y que luego se reunifican en su caudal original, sino como un dique que lo obliga a desviarse en una dirección distinta.

El franquismo fue el resultado de un golpe de Estado, preparado en una conspiración previa de financieros, empresarios, gente acaudalada, monárquicos, militares y curas. La sublevación convirtió automáticamente en delincuentes a quienes la perpetraron y sus auxiliares desde el primer momento, por haber roto sus juramentos y atentado contra la legalidad repúblicana que, para ocultar sus designios delictivos, aseguraban querer defender. El hecho de ganar por la fuerza de las armas tras tres años de guerra no convirtió a los delincuentes en menos delincuentes. Siguieron siéndolo hasta el final, cuarenta años más tarde. Porque la legalidad republicana fue abolida a tiros, pero era y sigue siendo la única legítima en España.  En esos cuatro decenios, los delincuentes erigieron un remedo de Estado, de ordenamiento jurídico, de orden institucional completamente falsos. Una escenificación orwelliana en la que todo, absolutamente todo, era lo contrario de lo que simulaba ser.  El franquismo creó un país ficticio en el que la injusticia era la justicia; el robo, la integridad; la maldad, la bondad; el despotismo, la libertad; la crueldad, la caridad. Y todo eso en nombre de un dios que se había impuesto manu militari sobre sus sufridos creyentes y con ayuda de adoradores de otro dios.

Suelen señalarse algunas macabras ironías que apuntalan esta interpretación del franquismo. El cardenal Pla y Deniel bautizó de cruzada a una sublevación de militares felones que traían soldados musulmanes en sus filas. O bien el reiterado hecho de que tanta gente del bando vencido fuera ejecutada bajo la acusación de rebelión militar en procesos-farsa seguidos ante tribunales militares compuestos por rebeldes. Pero estos son casos concretos de un comportamiento generalizado en la sociedad y que acabó impregnando la mentalidad de los españoles durante aquellos cuarenta años. Téngase en cuenta: se trataba de un país en el que media población había sido derrotada por la fuerza de las armas por otra media y quedaba a su merced incondicional y esa otra media victoriosa no tuvo ninguna. Los mismos que habían torturado, fusilado, asesinado a decenas de miles de personas indefensas, que habían violado a mansalva, ultrajado y expoliado, eran los que predicaban en todos los púlpitos civiles, políticos, religiosos, económicos que tenían en monopolio la melopea unánime del humanismo cristiano y el valor absoluto de la persona. Los mismos que se valieron de marroquíes, alemanes, italianos para ganar la guerra, que mandaron luego la División Azul bajo uniforme alemán a batallar en Rusia, que entregaron la soberanía territorial a los Estados Unidos mediante la autorización de las bases, eran los que hablaban de la patria, la nación, etc. Los mismos que habían roto las familias y secuestrado a miles de niños, hablaban del carácter sacrosanto de la familia y siguen haciéndolo hoy día, mientras dejan impunes los habituales casos de pederastia del clero.

Y así todo. El franquismo no era un Estado en el sentido moderno del término sino un remedo, una ficción. Como ficción era todo, desde las instituciones hasta el conjunto del ordenamiento jurídico que dependía de la voluntad omnímoda del caudillo, en quien se residenciaba la potestad legislativa. Un país sometido al capricho de un hombre que, a su vez, delegaba las funciones de organizar la vida (en el sentido de la biopolítica de Foucault) en la Iglesia católica. La última ratio, por supuesto, militar.

Así, gobernada por el cuartel y gestionada por los curas, la sociedad española como trama civil de relaciones entre privados en un marco jurídico laico y seguro, si existió alguna vez, se desmoronó. Un régimen empeñado en imponer creencias y ordenar la vida privada de los ciudadanos acabó consiguiendo lo previsible: la lealtad de los sectores beneficiados y la oposición de los perjudicados pero, en ambos casos, el absoluto descreímiento sobre la moral de las relaciones sociales de todo tipo. Todo era falso y mentira y lo sabía todo el mundo. Detrás de cada decisión del poder político había un chanchullo y la cuestión era cómo beneficiarse de él. Detrás de cada ley, una trampa. Los padres de la patria eran una sarta de vendidos; los empresarios, unos ladrones y los curas no les iban a la zaga. Todos parasitando a un pueblo sometido y humillado por la fuerza. Nadie creía nada. Los valores eran todos de pacotilla, salvo que cotizaran en bolsa. Así se generó una cultura de desconfianza, apatía, deslealtad, de incredulidad, de falta de fe en el sentido de la acción colectiva que aqueja a los españoles y muchos confunden con la "desafección a la democracia". No es a la demcracia. Es a la política. Y es un producto típico del franquismo que llega al día de hoy.

Acaecido lo que en el esperpéntico régimen franquista se llamó el inevitable hecho biológico, el franquismo institucional, con su vasto apoyo social, ofreció cooptar a la élite de la oposición en el puente de mando, al menos en apariencia. Por convicción general, la perpetuación de la dictadura en sus dimensiones militares era imposible, sobre todo porque el difunto ya había proclamado "sucesor a título de Rey" a Juan Carlos y porque, además, las potencias tutelares de España presionaban para conseguir una solución más civilizada. Para ello, lo más recomendable era integrar en la administración del sistema a la izquierda que ardía en deseos de serlo. Y de ahí vino ese consenso tan aplaudido ayer como denostado hoy, cristalizado en la Constitución de 1978, también despectivamente conocido como régimen del 78. Sobre la transición, ancha es Castilla, pero sí parece evidente que, a los cuarenta años de la muerte del dictador, no se ha producido una liquidación del franquismo: los muertos siguen en las cunetas, las calles y plazas rebosan de recuerdos, los nombres, los títulos. La siniestra cruz del Valle de los Caídos aún proyecta su sombra sobre el país, al modo del famoso cartel de la guerra que la consagraba como cruzada y el arco de entrada a Madrid por La Moncloa se llama Arco de la Victoria.

El retorno de los herederos ideológicos y biológicos del franquismo al gobierno desde 2011 supone la liquidación definitiva de la transición y de su famoso cuanto impreciso consenso. España vuelve a estar gobernada en forma de ficción o remedo. El gobierno tiene el mismo olímpico desprecio por la verdad que los de Franco y se encuentra con la misma indiferencia e incredulidad de los auditorios. Carece de crédito y la gente profesa el mismo desprecio por estos ministros como el que tenía por los mangantes franquistas del bigotito. Su política nacionalcatólica se ha expandido de nuevo a todos los ámbitos sociales, sigularmente la educación. Es tan autoritario y represivo como su inspirador ideológico y, si no prohíbe los partidos políticos, como Franco, no es porque no quiera sino porque no puede, como no puede prohibir la prensa libre, ni el proceso soberanista catalán. Si pudiera, cerraría todos los medios críticos y bombardearía Barcelona. Es el espíritu que alienta en la próxima Ley Mordaza, una norma para prohibir y reprimir críticas y protestas. Es el estilo de la casa. Igual que la absoluta confusión entre lo público y lo privado, que ha producido el mayor episodio de corrupción de la historia de España desde Franco, solo comparable por su generalización e institucionalización a la que había con él. Un sistema político cleptocrático que vuelve a estar gobernado por ladrones y en el que el partido del gobierno (no en balde fundado por un ministro de Franco, cosa que la exposición subraya) lleva veinte años funcionando al margen de la ley, configurando lo que algún juez reputa presunta asociación para delinquir. Y los que delinquen son delincuentes. Como los de antaño.

La cuestión que siempre se ha planteado era la de cómo entender que la corrupción no pareciera pasar factura en las urnas. Por eso, ¿qué tal ofrecer una respuesta que apunte a las consecuencias del franquismo, a la herencia del franquismo, al franquismo que impregna la sociedad española?  Durante los cuarenta años de la dictadura esta se dividió en dos grandes sectores (huella de las dos Españas de siempre), el de los beneficiados, hoy los votantes del PP, y el de los resignados que hoy parecen agitarse en poco votando opciones indignadas.

Aceptarlo es molesto porque viene a indicar que España no se ha normalizado. Y, efectivamente, no lo ha hecho. Y con la izquierda dinástica envuelta en la bandera rojigualda todavía lo hará menos.